Jackson Cionek
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IA Como Bien Común: Neurociencia Decolonial, Datos, Pachamama y DREX Ciudadano

IA Como Bien Común: Neurociencia Decolonial, Datos, Pachamama y DREX Ciudadano

Tal vez la pregunta más urgente para adolescentes hoy no sea solo: “¿cómo usar inteligencia artificial?” La pregunta más profunda es: ¿quién controla la inteligencia que va a organizar el futuro?

La IA ya está entrando en la escuela, el trabajo, la salud, la seguridad, el arte, la política y las formas de aprender. Corrige textos, sugiere caminos, organiza datos, predice comportamientos, automatiza decisiones e influye en cómo vemos el mundo. Pero existe un riesgo silencioso: si la IA queda controlada solo por élites tecnológicas, financieras y políticas, puede transformarse en otra capa de captura del cuerpo, del territorio y de la atención.

En la perspectiva BrainLatam2026, la IA no debe tratarse como una máquina neutra. Reorganiza percepción, tiempo, lenguaje, deseo y decisión. Antes de preguntar si una IA es eficiente, necesitamos preguntar: ¿aumenta Jiwasa o dependencia? ¿Amplía la criticidad o captura comportamiento? ¿Sirve al territorio o solo extrae datos de él?

Aquí entra la idea de IA como bien común. Los datos de salud, educación, territorio, clima, movilidad y seguridad no pueden ser tratados solo como petróleo digital para empresas. Son rastros del cuerpo social. Son señales de Jiwasa. Cuando una niña abandona la escuela, cuando una familia no accede a salud, cuando una mujer no encuentra protección o cuando un joven entra en Zona 3, esos datos no deberían servir solo para estadísticas frías. Deberían activar cuidado, prevención y agencia compartida.

La crítica decolonial es esta: muchas tecnologías se llaman “inteligentes”, pero siguen operando con lenguaje colonial. Clasifican, ranquean, predicen y controlan individuos aislados. Pocas preguntan por APUS, territorio, Jiwasa, formación cerebral, hambre, sueño, miedo, vergüenza, historia familiar y ausencia de pertenencia. La IA ve patrones, pero no siempre ve vida.

Aquí Pachamama cambia la pregunta. Si la Tierra es cuerpo vivo, los datos no pueden ser tratados como recursos muertos. Los datos nacen de cuerpos, calles, escuelas, territorios, acentos, desplazamientos, relaciones, memorias, clics, imágenes y formas de vida. Cuando una plataforma recoge atención, lenguaje, ubicación, consumo y comportamiento de una población, extrae valor de un territorio vivo. En el lenguaje de este bloque, eso es minería del APUS digital.

La prosperidad Bribri ayuda a iluminar esta dirección. Entre los Bribri de Talamanca, en Costa Rica, las prácticas agroforestales sostienen biodiversidad, cultura y modos de vida comunitarios. La lógica no es prosperar destruyendo el territorio, sino mantener vida, bosque, alimento, autonomía y continuidad cultural. Prosperidad, en este sentido, no es acumulación infinita; es territorio vivo que sigue generando futuro.

Por eso, la IA como bien común debe incluir una pregunta que casi nadie hace hoy: ¿quién paga al territorio por la minería de datos?

Así como tierra, agua y bosque fueron explotados sin retorno justo para los pueblos que sostenían esos territorios, hoy los datos pueden ser extraídos sin retorno proporcional para las comunidades que los producen. La diferencia es que ahora la mina no está solo en el suelo. Está en la atención, el lenguaje y el comportamiento.

Una política municipal de IA como bien común podría crear una contribución territorial sobre la minería de datos realizada por grandes plataformas y algoritmos que lucran con la población local. Estos recursos podrían formar un Fondo Municipal de Prosperidad Territorial, destinado a cuatro ejes: educación, salud, defensa ciudadana y regeneración ambiental.

En educación, el fondo financiaría formación crítica en IA, ciencia, datos, cuerpo, territorio, escritura manual, sueño, capoeira, Jiwasa y Brain Bee. En salud, apoyaría prevención en salud mental, sueño, primera infancia, gestación, posparto, pertenencia y cuidado comunitario. En defensa ciudadana, protegería niñas, niños, adolescentes, mujeres, personas mayores y territorios vulnerables. En regeneración, financiaría reforestación, agroforestería, agua, adaptación al calor urbano y créditos de carbono.

Aquí Pachamama deja de ser solo símbolo y se vuelve criterio de política pública. Si la Tierra es cuerpo vivo, y si los datos son rastros del cuerpo social, entonces la economía digital necesita devolver energía al territorio.

La municipalidad, en este modelo, no sería solo administradora de impuestos, tránsito y obras. Actuaría como guardiana del territorio físico y digital. Así como discutimos impacto ambiental, uso del suelo y explotación económica local, también necesitamos discutir impacto algorítmico, extracción de datos y retorno territorial.

Esto no significa que la municipalidad deba ser dueña de los datos de las personas. Al contrario. La propuesta exige protección de datos, transparencia, auditoría pública, participación social y derecho a contestar decisiones. La municipalidad no debe capturar datos; debe impedir que la población sea capturada por quienes minan datos sin devolver prosperidad al territorio.

El debate ya es real. En Brasil, en 2024, la Autoridad Nacional de Protección de Datos suspendió la política de Meta que permitiría usar datos personales brasileños para entrenar IA generativa, citando riesgos a derechos fundamentales. Esto muestra que los datos no son materia prima libre: son parte de la vida social y exigen gobernanza pública.

Aquí el DREX Ciudadano entra como metabolismo. Si grandes plataformas extraen valor del APUS digital local, parte de ese valor puede volver al ciudadano y al territorio por medio de fondos públicos, políticas municipales y mecanismos digitales transparentes. El DREX Ciudadano permite imaginar dinero naciendo o retornando al ciudadano no como deuda, sino como energía de pertenencia.

La IA, en este escenario, podría ayudar a calibrar políticas públicas con transparencia: dónde falta salud, dónde falta escuela, dónde el territorio se calienta demasiado, dónde crece la evasión escolar, dónde la violencia impide pertenencia, dónde la juventud está siendo capturada por algoritmos. Pero eso solo tiene sentido si la IA está bajo gobernanza democrática, supervisión humana, auditoría, participación territorial y protección de poblaciones vulnerables.

En modo Jiwasa, la IA debería ayudar a docentes, estudiantes, familias, gestores y comunidades a percibir juntos dónde el cuerpo social está en Zona 2 o Zona 3. No para castigar, sino para cuidar mejor. Una escuela podría usar datos para identificar sobrecarga, evasión, dificultades de sueño, violencia territorial y falta de pertenencia. Pero esos datos deben estar protegidos, ser auditables y orientados al bien común; nunca usados para humillar, excluir o vender comportamiento.

La IA no puede convertirse en la nueva dueña de la cartulina. En la metáfora de la Isla de los 1000, el problema comienza cuando quien corta los papeles empieza a controlar el colectivo. Ahora el riesgo es mayor: quien controla los datos, los modelos y los algoritmos puede controlar los píxeles de la vida social. Por eso, la pregunta política es simple: ¿la IA será herramienta de Jiwasa o herramienta de captura?

Para adolescentes, esta discusión es esencial. La juventud no debe ser entrenada solo para “usar IA”. Debe aprender a preguntar: ¿quién entrenó este modelo? ¿Con qué datos? ¿Quién gana dinero? ¿Quién queda invisible? ¿Qué territorio fue ignorado? ¿Qué cuerpo fue reducido a número? ¿Qué decisión debería seguir siendo humana? Y, principalmente: si una plataforma lucra con los datos de nuestro territorio, ¿por qué el territorio no recibe parte de ese valor para cuidar a sus niñas, escuelas, salud, seguridad y regeneración ambiental?

La IA como bien común necesita formar jóvenes capaces de usar tecnología sin perder cuerpo, territorio y criticidad. Antes de volverse prompt, el adolescente necesita seguir siendo respiración, mano, sueño, sueño onírico, rueda, capoeira, escritura, amistad, APUS y Jiwasa.

El futuro no será decidido solo por quien tenga la IA más poderosa. Será decidido por quien consiga impedir que la IA separe inteligencia de pertenencia.

En la Neurociencia Decolonial, inteligencia no es solo predecir patrones. Es cuidar mejor la vida. Es percibir cuándo el cuerpo social está en defensa. Es crear condiciones para Zona 2. Es impedir que los datos se vuelvan mercancía contra el propio pueblo. Es hacer que tecnología, Estado, economía y territorio compongan como agencia compartida.

La IA como bien común es esto: no una máquina por encima de nosotros, sino una herramienta dentro del Jiwasa. Una inteligencia que no sustituye al “nosotros”, sino que ayuda al “nosotros” a ver mejor dónde la vida necesita cuidado.

No existe IA ética si el territorio que produce los datos sigue pobre, enfermo y sin pertenencia.

Referencias

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OCDE. AI Principles, adoptados en 2019 y actualizados en 2024; Smart City Data Governance, 2023.
Banco Central do Brasil. Materiales institucionales sobre Drex y Piloto Drex.
Reuters. Cobertura sobre la actuación de la ANPD brasileña respecto al uso de datos brasileños por Meta para entrenamiento de IA, 2024.
Mongabay. “For Costa Rica’s Indigenous Bribri women, agroforestry is an act of resistance and resilience”, 2021.
Rodríguez Valencia, M. “The Practice of Co-Production through Biocultural Design”, Sustainability, 2020.
Kahui, V. et al. “Comparative analysis of Rights of Nature case studies”, 2024.
Weis, L. K. “Does Nature Need Rights?”, Oxford Journal of Legal Studies, 2025.
AP News. Reconocimiento de personalidad jurídica para Taranaki Maunga, 2025.
Damasio, Antonio. Feeling & Knowing: Making Minds Conscious, 2021.
Escobar, Arturo. Pluriversal Politics: The Real and the Possible, 2021.
Haesbaert, Rogério. “Do corpo-território ao território-corpo (da Terra)”, 2020.
De Felice, Silvia et al. “Relational Neuroscience: Insights from Hyperscanning Research”, 2025.
Grasso-Cladera, Aitana et al. “Embodied Hyperscanning for Studying Social Interaction”, 2024.





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Jackson Cionek

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