Jackson Cionek
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Cuando el entorno aprende el estado del grupo

Cuando el entorno aprende el estado del grupo

VR neuroadaptativa, miedo en tiempo real y el siguiente paso: tareas que responden a la fisiología colectiva

Hay un giro importante que empezamos a sentir cuando nos tomamos en serio la neurociencia de los colectivos: el entorno no tiene por qué quedarse quieto, como un simple escenario donde los cuerpos actúan. También puede empezar a percibir, responder, modular y devolver algo a la propia dinámica de la relación. Cuando eso ocurre, el experimento deja de ser solo una tarea aplicada sobre individuos y empieza a convertirse en un campo vivo, donde cerebro, cuerpo y contexto se reorganizan juntos.

El trabajo de Wriessnegger y colegas entra aquí con mucha fuerza. En su estudio sobre VRSpi, presentan una prueba de concepto de un sistema de realidad virtual neuroadaptativa para fobia a las arañas que usa EEG y frecuencia cardíaca en tiempo real para ajustar la intensidad del estímulo de miedo. Lo decisivo, para nosotros, no es solo la aplicación clínica. Es el principio: el entorno virtual deja de ser fijo y empieza a responder al estado neurofisiológico del participante. (Frontiers)

Y ahí aparece una pregunta más grande, que ya no cabe solo dentro del consultorio: ¿qué pasaría si el entorno no se adaptara únicamente al estado de una persona, sino al estado de una díada, de un pequeño grupo, de un “nosotros” todavía en formación? Aquí estamos dando un paso teórico más allá del artículo, pero apoyados en su lógica central. Si un entorno puede ajustarse a la fisiología individual, entonces también podemos empezar a imaginar entornos que respondan a formas emergentes de regulación compartida. (Frontiers)

Eso encaja de manera muy fértil con la distinción entre I-mode y We-mode. En esta serie, venimos pensando que la estructura temporal de una tarea puede mantenerse igual mientras cambia la organización de la acción. A veces la coordinación sigue siendo instrumental: yo dependo del otro, pero sigo orientado por mi propio resultado. Otras veces empieza a emerger algo distinto: una meta sentida como compartida. En ese punto, el entorno podría dejar de ser solo un contenedor y pasar a ser parte del propio diagnóstico del vínculo: ¿estamos entrando en rigidez competitiva o en una regulación más verdaderamente compartida?

Ahí es donde este blog propone un desplazamiento importante. En vez de preguntar solo si dos personas coordinan mejor o peor, podemos empezar a preguntar si el entorno es capaz de detectar qué tipo de relación está apareciendo. No solo miedo individual, sino patrones de respiración más rígidos, frecuencia cardíaca más inestable, señales de vigilancia competitiva, o al contrario, indicios de estabilización compartida. El entorno, entonces, deja de ser fondo y pasa a convertirse en parte del experimento del “nosotros”. Esa es una propuesta conceptual nuestra a partir del principio neuroadaptativo del VRSpi, no una conclusión literal del artículo. (Frontiers)

Aquí entra muy bien una ampliación que queríamos incorporar, pero con un cuidado científico importante. En vez de decir que “los DNAs se comunican directamente”, resulta más riguroso decir que organismos con genomas distintos entran en campos de regulación mutua a través de señales sensoriales, autonómicas, hormonales, conductuales y ambientales, mientras genes y ambiente modelan la sensibilidad y la plasticidad de esas respuestas. La literatura reciente sobre conducta insiste precisamente en eso: naturaleza y crianza no están separadas; los genes y el ambiente se entrelazan, y la epigenética es una de las vías que conecta ambos planos. (ScienceDirect)

Desde esa perspectiva, el miedo puede entenderse como un modulador relacional entre organismos, tanto dentro de una misma especie como entre especies distintas. La llamada ecología del miedo muestra que el riesgo percibido cambia distancia, vigilancia, movimiento y uso del ambiente. Y el trabajo reciente sobre aprendizaje social del miedo propone que las señales observadas en otros pueden funcionar como disparadores que reorganizan respuestas adaptativas en quien observa. En lenguaje BrainLatam2026: el miedo no es solo una emoción individual; también regula el encuentro entre cuerpos. (BES Journals)

Eso fortalece mucho este blog. Porque, si el entorno puede aprender algo del estado corporal, entonces la pregunta ya no es solo “qué estímulo debe aumentar o disminuir”, sino qué está detectando exactamente. ¿Solo desempeño individual? ¿O también estados corporales de amenaza, confianza, retracción, apertura y disponibilidad para coordinar? Cuando lo pensamos así, el entorno deja de ser únicamente tecnología y pasa a formar parte de la ecología relacional del experimento. (Frontiers)

Por eso este texto propone una imagen simple: durante mucho tiempo, el experimento trató el entorno como escenario. Quizá el siguiente paso sea convertirlo en un tercer elemento activo de la relación. Ni solo sujeto, ni solo compañero, ni solo máquina, sino un campo adaptativo capaz de aprender algo sobre el estado colectivo y modular el desafío en función de ello. En ese marco, el “nosotros” deja de ser una meta abstracta y empieza a ser algo que puede tensarse, probarse y tal vez cultivarse en tiempo real.

Leído desde la Mente Damasiana, eso importa porque la conciencia no aparece aquí como cognición aislada, sino como cuerpo vivo en situación. Un entorno responsivo no está simplemente “aplicando estímulos”; está entrando en la propia ecología de la experiencia. Y, si tomamos en serio el Monismo de Triple Aspecto, entonces lo fisiológico, lo subjetivo y lo informacional-social no pueden separarse limpiamente. Un entorno que responde al cuerpo ya está participando en la arquitectura de la vivencia. Esta es nuestra lectura teórica apoyada en el principio de adaptación en tiempo real mostrado por VRSpi. (Frontiers)

Aquí Jiwasa entra con mucha fuerza. No como nombre de un nosotros ya listo, sino como pregunta experimental: ¿en qué condiciones un entorno ayuda a que salgamos de una coordinación instrumental y entremos en una regulación más compartida? ¿Cuándo el contexto deja de empujar a dos personas a competir alrededor de un umbral y empieza a sostener un campo donde el éxito depende realmente de un compromiso mutuo sentido en el cuerpo? En ese punto, la lectura misma quiere producir agencia compartida: no estamos mirando esto desde fuera; estamos entrando juntos en la pregunta.

A partir de ahí, el paradigma I-mode / We-mode gana una capa nueva. Podemos imaginar umbrales dinámicos modulados no solo por el desempeño objetivo, sino también por indicadores fisiológicos del estado de la díada o del grupo. Un entorno adaptativo podría aumentar o reducir la exigencia según aparezca rigidez competitiva, cooperación estabilizada u oscilación entre ambas. Eso no es una conclusión del artículo de Wriessnegger; es el paso que nosotros proponemos dar a partir de su prueba de concepto. (Frontiers)

Eso también nos ayuda a evitar un error frecuente: pensar que la adaptación del entorno es buena en sí misma. No necesariamente. Un entorno adaptativo puede ayudar a cultivar formas más compartidas de regulación, pero también puede reforzar captura, dependencia y automatismo. Por eso una neurociencia decolonial de los colectivos no puede limitarse a celebrar que la tecnología “responde al usuario”. La pregunta más seria es otra: ¿responde para qué y hacia qué forma de estar juntos? Allí es donde la crítica política se cruza con el método experimental.

APUS también entra aquí de manera natural. Un entorno que aprende el estado del grupo no está tratando solo con cerebros; está tratando con cuerpo-territorio, con orientación espacial, con sensación de proximidad y con presencia distribuida. El entorno deja de ser un recipiente y pasa a formar parte de la propiocepción extendida de la relación. Ya no estamos solamente actuando dentro de un espacio; estamos empezando a construir un espacio que responde a cómo actuamos juntos.

En el fondo, este blog quiere que sintamos un cambio simple y profundo: el entorno deja de ser escenario y pasa a formar parte del experimento del nosotros. El trabajo de Wriessnegger y colegas muestra que eso ya es técnicamente pensable en el plano individual. El reto que se nos abre ahora es otro: imaginar cómo extender esa lógica a díadas y grupos sin perder rigor, sin romantizar lo colectivo y sin confundir adaptación con agencia compartida. (Frontiers)

Tal vez justamente ahí la neurociencia de los colectivos empiece a cambiar de nivel: cuando dejemos de preguntar solo cómo responde el cuerpo al entorno y empecemos a preguntar cómo puede el entorno empezar a responder al cuerpo colectivo, y qué tipo de nosotros emerge de ese intercambio. (Frontiers)

Referencias

Wriessnegger, S. C., Kiatthaveephong, S., Leitner, M., & Kostoglou, K. (2026). VRSPi: towards a neuroadaptive VR exposure therapy system for spider phobia. Frontiers in Human Neuroscience, 20. doi:10.3389/fnhum.2026.1717588. (Frontiers)

Jensen, P. (2025). From nature to nurture – How genes and environment interact to shape behaviour. Applied Animal Behaviour Science, 285, 106582. doi:10.1016/j.applanim.2025.106582. (ScienceDirect)

Ramirez, J. I., Kuijper, D. P. J., Olofsson, J., Smit, C., Hofmeester, T. R., Siewert, M. B., Widemo, F., & Cromsigt, J. P. G. M. (2024). Applied ecology of fear: A meta-analysis on the potential of facilitating human-wildlife coexistence through nonlethal tools. Ecological Solutions and Evidence. doi:10.1002/2688-8319.12322. (BES Journals)

Lanzilotto, M., Dal Monte, O., Diano, M., Panormita, M., Battaglia, S., Celeghin, A., Bonini, L., & Tamietto, M. (2025). Learning to fear novel stimuli by observing others in the social affordance framework. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 169, 106006. doi:10.1016/j.neubiorev.2025.106006. (PubMed)



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Jackson Cionek

New perspectives in translational control: from neurodegenerative diseases to glioblastoma | Brain States